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Francisco Estarellas
Martín Fernández


Inauguración martes 27 de noviembre 19hs


curaduría Lucas Marín

 

 

Falla del terreno                                               

Diversos grados de violencia se pueden ejercer sobre un suelo, como ha hecho la civilización occidental, por ejemplo, con su maquinaria de consumo, de pólvora y de libre mercado.

Pero un terreno no solo sostiene y recibe, sino que posee un interior que reacomoda sus placas quebrando la voluntad de cualquier asentamiento.

La pintura, el dibujo, también son campos, suelos que parecen no poder resistir nuevas fundaciones, sino tan solo formas precarias de vida, reciclando viejas arquitecturas o creando vagabundos por sus límites, habitando ruinas vacías. Pero la pintura, el dibujo, también mueven sus placas tectónicas y subsisten gracias a lo que los constituye desde dentro.

La línea puede desnudar su precariedad y el afán de dibujar aquello que parece inalcanzable (la suma de pequeños trazos que conforman lo monumental) Algo de esto se muestra en las obras de Martín Fernández, una línea de lapicera que se empeña en construir, reconstruir, deconstruir un paisaje herido con los injertos característicos de nuestra cultura de consumo y espectáculo: pantallas, juegos de parques de diversiones, edificios. Se conectan las ruinas provocadas por extrañas explosiones con un territorio salvaje que conoce de cataclismos. Las masas de humanos son espectadores pasivos de este mundo que se derrumba.

La línea puede desplegar a su vez su aspecto más racional. Euclides, el Renacimiento, el Cubismo y los planteos constructivistas modernos, despliegan la visión geométrica del mundo, como un equivalente de la razón. Ideas de punto, línea y plano. Estos ecos pueden verse en la pintura de Francisco Estarellas, pero en este caso la geometría conforma una paradoja no euclideana. Los planos se rebaten, se pliegan y acompañan una arquitectura ya sin humanos, revelando un tipo de memoria en su superficie: ladrillos, vetas de madera, cemento, como texturas (memorias) que pueden ser intercambiables. También hay pequeños indicios de objetos que fueron útiles para el hombre: escaleras, ventanas, sillas, vallas. Una arquitectura replegada en sí misma siendo ella su propio justificativo, una arquitectura que se autoconstruye sin cielo, ni tierra, ni habitantes.

Pensemos por un momento las pinturas de Francisco dentro de la lógica del mundo informático; se programa la información necesaria para lograr líneas, planos, ciertas nociones de la perspectiva, texturas específicas, iluminación, etc, pero resulta que un virus disloca el programa. La máquina replica al infinito esa información ahora trastocada. La construcción aleatoria surge entonces de la falla, del error.

Es el error el que está presente también en las obras de Martín: las explosiones ¿son fallas técnicas? ¿Son desajustes políticos? ¿Terrorismo autocreado, como un tipo de virus? ¿O será más bien que toda la sociedad de la razón está asentada en bases erróneas? Tal vez sólo nos queda percibir su decrepitud en cada vuelta desde nuestro parque de diversiones, o sostener con puntales lo poco que resta.

Y mientras los humanos construimos civilizaciones de error y de terror, también hay un suelo que se mueve, se fractura y se desplaza a pesar nuestro.

Lucas Marín
noviembre 2012

 


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